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La tumba de Jesús y su família

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Ayer, viendo una reposición del programa L’hora del Lector (licencia catódica de las habituales en el 33. Formato imposible de encontrar en otra cadena), Victor Amela recomendó ciertos libros para el verano.

Entre otros, citó uno publicado con motivo del documental La Tumba perdida de Jesús de James Cameron .

En este documental, se investigan los osarios encontrados en una tumba de Jerusalén donde los nombres de las inscripciones coinciden con los de la familia de Jesús. Incluso cuentan como Jesús habría tenido un hijo llamado Judas con María Magdalena, ya que descubren una tumba con inscripciones que así lo indican.

El documental, del Discovery, no deja de ser una trama bien hilada con muchos datos y pruebas irrefutables, que ayudan al guionista a encajar todas las piezas del rompecabezas.

Como suele ocurrir en estos casos, cualquier teoría que case y que justifiques con numerosas pruebas y opiniones de renombrados expertos, puede ser válida, ya que existen enormes huecos vacíos en la historia del personaje. Si no fuera así, de ser cierto todo lo que acabo de ver, no sé a qué esperan los que viven alrededor de la tumba para adecentar un poco la zona y hacer de ello un punto de interés turístico.

Siempre me ha sorprendido lo poco explotados que están estos supuestos descubrimientos sustentados en complejas teorías. Aunque a decir verdad, mis tíos, sin ir más lejos, tuvieron ocasión de ver a Jesús en vivo y en directo, y tampoco lo han explotado demasiado hasta el momento.

Un día en el bar, a media tarde, en la hora de menos faena, entró un tipo vestido con túnica y sandalias. Un tipo como Jesucristo, con barba, pelo largo… en fin, ya sabéis, el prototipo de Mesías, y se sentó en la barra.

Amablemente pidió que le sirvieran algo de comer y, antes de tragarse la primera cucharada de un hermoso plato de lentejas, anunció que no disponía de dinero, a lo que mis tíos respondieron que no había inconveniente (hasta aquí estaréis de acuerdo conmigo en que, si no era Jesús, el tío se lo trabajó mucho aquél día para llevarse algo de comer a la boca).

Una vez hubo terminado, y después de atraer la atención de los pocos clientes que había, les agradeció sobremanera su bondad (en tono suave, pausado, eclesiástico… a lo padre Bonete) y les anunció en plan profético que su negocio daría un cambio que les iba a favorecer mucho.

No, mis tíos no son los dueños de Starbucks, pero sí que, poco después de la mística visita, ampliaron el bar a lo ancho, comprando el local de al lado a muy buen precio y aquello les repercutió de forma muy positiva.

Siguiendo con la anécdota del visitante, después de limpiarse la boca con una servilleta, Jesucristo abandonó el bar y dobló la esquina. Mi primo salió tras el para ver hacia donde iba, pero cuando llegó a la esquina, adivinad qué; sí, había desaparecido. Si no, en vez de sus hábitos gastronómicos, ya os hubiera desvelado en qué calle vive Jesús, que es bastante más interesante.

Escrito por Antonio Guerrero

16 Septiembre, 2007 a 6:58 pm

Una respuesta

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  1. [...] Tengo que decirlo, ¡¡¡ me encanta la publicidad !!! Aunque si queréis que sea sincero lo que más me fascina de este mundo es cómo se le puede ocurrir a un publicista la idea de una publicidad, es decir, como expresar en un cartel que tu producto es el mejor, que es el más resistente, el más barato, el que está de moda,….. Bueno pues hoy buscando publicidad rara y sorprendente me he encontrado con el siguiente cartel, en realidad a mi esta marca, Durex, no me suele gustar mucho, pero hay que reconocer que el que hizo esta publicidad se lo trabajó. [...]


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